Alejandro Poli, U. Mayor: “La pregunta no es cuántas patentes generamos, sino qué problema real estamos resolviendo”

Alejandro Poli, director de Gestión Tecnológica e Innovación de la Universidad Mayor

El director de Gestión Tecnológica, Innovación y Emprendimiento de la Universidad Mayor destaca el papel de las universidades como actores clave para abordar los desafíos de la sociedad. Desde esta visión, promueve la conexión entre academia e industria y ha impulsado el ecosistema biotecnológico nacional.

Alejandro Poli lleva más de 15 años trabajando por construir puentes entre la investigación científica y la industria. Durante su trayectoria ha articulado alianzas entre universidades, empresas, clínicas, fundaciones de pacientes, farmacéuticas, organismos públicos e inversionistas, con el fin de transformar conocimiento en impacto.

Actualmente se desempeña como Director de Gestión Tecnológica, Innovación y Emprendimiento de la Universidad Mayor, donde ha contribuido en el fortalecimiento de proyectos de innovación, el emprendimiento de base científica y la vinculación con el sector productivo. Además, ha sido un impulsor del desarrollo del ecosistema biotech chileno: es Gerente General de Genoma Mayor, fue Director de la Asociación Chilena de Empresas de Biotecnología y representa a la Universidad Mayor como parte del directorio en Celerity Clinical Research.

Desde su rol en la Universidad Mayor, ¿qué iniciativas impulsan para apoyar la innovación y el emprendimiento?

Nuestra Dirección es el puente entre el conocimiento que se genera en la universidad y su uso real en la sociedad. En 2025 recibimos 49 declaraciones de invención, trabajamos 18 hojas de ruta y presentamos cinco patentes, los cuales son números importantes para una institución como la nuestra. Además, con La Fábrica y Emprende Mayor acompañamos EBCT que van desde probióticos hasta inteligencia artificial para biobancos oncológicos, y casi la mitad lideradas por mujeres y un porcentaje importante de estudiantes de postgrado. Por último, cerramos convenios con la industria, el sector público y con una red establecida en nueve países. Hoy, apostamos por la biotecnología y los desafíos de innovación abierta con actores de escala abordable, donde resolvemos problemas en el mercado mismo.

¿Cómo conectar la investigación generada en la academia con las necesidades de la industria y los desafíos de la sociedad?

Academia e industria hablan idiomas y tiempos distintos. La investigación suele estar en etapas tempranas, sin la madurez que la industria necesita para adoptarla. Nuestro trabajo es traducir y acercarlos mediante dos vías. La primera, science push, en que tomamos un resultado y lo maduramos con una hoja de ruta hasta hacerlo licenciable o adoptable por la industria. Y el segundo camino es desde afuera, donde salimos a levantar los problemas concretos de las empresas y el sector público, para después poner las capacidades de la universidad a resolverlos. Cuando el problema viene primero, la adopción es mucho más probable.

Para que esto funcione, asegura Poli, debe existir cultura y confianza. «Por eso no invertimos en transacciones puntuales, sino en formación y en relaciones de largo plazo. Es un asunto cultural, por lo que tomará tiempo y mucho esfuerzo».

¿Qué valor aporta Hub APTA a las universidades que buscan llevar su investigación hacia la industria y el mercado?

Sola, ninguna universidad llega a la industria ni a los mercados con el peso que sí tiene Hub APTA, con una red que hoy mueve más de 1.100 tecnologías y sobre 100 empresas de base científica. Para nuestra comunidad, eso se traduce en acceso a desafíos reales de la industria, metodologías comunes para valorizar y licenciar, junto con una articulación estable entre la academia, la industria y el Estado.

Alejandro participa de la mesa de trabajo de Internacionalización del Hub APTA: «El Hub es nuestra plataforma para salir a otros mercados sin que cada institución pierda su identidad».

¿Qué proyectos han marcado este año a Genoma Mayor?

La genómica es una de nuestras apuestas fuertes. Hace 15 años tenemos un Centro de Genómica y Bioinformática, un Doctorado en Genómica Integrativa y un Core de Genómica Avanzada con secuenciación de alto rendimiento. Este año el foco estuvo en llevar esa capacidad a la clínica, sobre todo en oncología de precisión. Tenemos cerca de diez proyectos a través de alianzas con la industria que combinan secuenciación (NGS) con inteligencia artificial: caracterización molecular de cáncer gástrico y de endometrio, análisis genómico de la población latinoamericana —que sigue subrepresentada en la evidencia— y herramientas de apoyo a los comités moleculares de tumores. El desafío de fondo es de modelo: pasar de un buen laboratorio a una plataforma de servicios genómicos sostenible.

Recientemente se aprobó la Ley de Transferencia Tecnológica en Chile. ¿Qué oportunidades ve para las universidades?

Para mí es el avance más importante en años en esta materia. Su gran mérito es corregir los nudos concretos que estaban frenando el sistema. Para mí, uno de los más relevantes es que facilita la posibilidad al investigador de actuar como fundador y participante en la empresa que licencia su propia tecnología. Es una de las claves para facilitar el proceso de innovación. El inversionista necesita ver al investigador comprometido de verdad con su spin-off. Además, instala un repositorio nacional y la exigencia de que la investigación con fondos públicos genere valor concreto. Ahora bien, una ley habilita, pero no ejecuta: lo que viene, la reglamentación interna y las capacidades de cada oficina de transferencia o su símil, es donde se juega de verdad.

¿Qué mensaje compartiría con otras instituciones que se encuentran fortaleciendo sus capacidades en innovación y transferencia tecnológica?

Tres cosas. Primero, que esto es una decisión de largo plazo, no un programa que se prende y se apaga: los modelos «exitosos» tienen muchos años en ejecución, es fruto de años de construir capacidades y confianza, sin atajos. Segundo, colaborar rinde más que competir: ninguna universidad chilena llega sola a los mercados globales. Espacios como el Hub APTA sirven para sumar sin perder identidad. La internacionalización es clave y mirar ecosistemas más maduros ayuda a adaptar buenas prácticas a nuestra realidad. Y tercero, poner siempre el impacto en el centro: la pregunta no es cuántas patentes generamos, sino qué problema real estamos resolviendo.

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